Gobernanza global y desarrollo: Hacia una distribución equitativa de las cargas y la fijación de la agenda
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Resumen de artículo
El diseño de la arquitectura financiera internacional ha limitado la capacidad de la ONU para influir en la política financiera, incluida la de las Instituciones de Bretton Woods.
El Sur Global sigue atrapado en un ciclo de dependencia y poder desigual, lo que da lugar a recurrentes crisis de deuda y a una falta de transformación económica mientras persisten las políticas económicas neoliberales.
El Sur Global y sus aliados deben impulsar la reforma, a pesar de los contratiempos en espacios como la FfD4.
Las Naciones Unidas están en crisis (véase el Observador de Otoño de 2025). A medida que los llamados de múltiples actores para una reforma del Consejo de Seguridad se vuelven más fuertes y la fragmentación amenaza al multilateralismo, un problema estructural más profundo sigue sin abordarse: la erosión sistemática de la autoridad de la ONU sobre el financiamiento para el desarrollo, incluyendo, de manera crucial, en el establecimiento de normas.La Cuarta Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo (FfD4, por su sigla en inglés) de la ONU del año pasado en Sevilla ilustró esto vívidamente: los países desarrollados bloquearon propuestas para un Marco de la ONU sobre la Deuda a puerta cerrada, ignorando los llamados de la sociedad civil y de economistas heterodoxos (véase elObservador de Verano de 2025 y el dePrimavera de 2025). ¿Por qué sigue ocurriendo esto? La respuesta reside en cómo la gobernanza mundial se ha construido para estar deliberadamente desequilibrada desde 1945.
El pecado original
Los arquitectos de la posguerra imaginaron dos sistemas complementarios. Las Instituciones de Bretton Woods (IBW), es decir el Banco Mundial y el FMI, se encargarían de los aspectos “duros” de la construcción del Estado: política monetaria, financiamiento y reconstrucción. La ONU gestionaría el lado “blando”: el sistema de seguridad social e instituciones paralelas.
La década de 1970 marcó un punto de inflexión: cambios sustanciales en el panorama político internacional, desde las luchas por la independencia hasta las crisis del petróleo, dieron lugar a transformaciones del contexto político-económico. Los desafíos a la industrialización impulsada por el Estado proyectaron el modelo neoliberal como el camino principal hacia el desarrollo, precediendo al auge del neoliberalismo financiero, y transfirieron el poder de la producción a las finanzas a través de préstamos y créditos basados en el mercado. El Banco Mundial y el FMI comenzaron a imponer Programas de Ajuste Estructural (PAE) que exigían privatización, austeridad, desregulación y apertura de mercados a cambio de ayuda, a pesar de que los propios países desarrollados utilizaron medidas proteccionistas durante su propio desarrollo (véase el Observador de Primavera de 2025).
Mientras tanto, la ONU fue relegada a una función de “control de daños”, brindando asistencia técnica e iniciativas humanitarias. El bajo nivel de países que logran dejar de depender del financiamiento de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), la rama de préstamos para países de ingreso bajo del Banco Mundial, la persistente dependencia de los productos básicos y la creciente desigualdad (véase el Observador de Otoño de 2024), entre otros factores, demuestran que este modelo de financiamiento no ha producido – ni puede producir – un crecimiento económico de manera equitativa y justa. No puede hacer frente a la pobreza, no es capaz de promover la redistribución, no es universal y genera nuevos problemas debido a su lógica extractivista. Ni siquiera las medidas cautelares de la ONU pueden desviar el carácter neoliberal de las principales organizaciones de gobernanza político-económica.
En contraste con las IBW, que operan bajo un sistema de “un dólar, un voto” -lo que otorga a las naciones ricas un control firme, la ONU opera bajo el principio de “un país, un voto”, un principio que se volvió amenazante para las potencias del Norte Global a medida que los países del Sur Global, recientemente independizados, ganaban voz. El resultado fue un círculo vicioso: los países poderosos retuvieron recursos de la ONU, la declararon “incompetente” y utilizaron esto como justificación para canalizar el financiamiento a través de las instituciones que ellos controlaban. Lo que surgió fue una asimetría institucional en la que la ONU gestiona las consecuencias humanitarias mientras las IBW dictan la política macroeconómica y, a pesar de las numerosas resoluciones que afirman y reafirman la integridad de los derechos, en la práctica, la ONU se ha visto obstaculizada en su capacidad para contrarrestar las consecuencias negativas para los derechos humanos de una estructura económica injusta. Los países del Norte Global han trabajado para fortalecer a las IBW e incapacitar a la ONU.
La financierización del desarrollo: La trampa de la deuda y sus consecuencias
La arquitectura financiera internacional actual ha producido una concentración del ingreso sin precedentes, crisis de deuda y pobreza cualitativa (el número total de personas que viven en el empobrecimiento disminuyó; sin embargo, todavía tenemos poblaciones extremadamente pobres que viven en condiciones inhumanas): solo en 2024 surgieron 204 nuevos multimillonarios. La deuda es el mecanismo más cruel, que perpetúa el neocolonialismo a través del Banco Mundial, el FMI y el sistema financiero en general, obligando a los países en desarrollo a priorizar el pago de la deuda externa sobre las inversiones sociales. En América Latina, Brasil y México adoptaron una severa austeridad durante la crisis de la deuda de la década de 1980, que incluyó la congelación de salarios, privatizaciones y recortes del gasto social. Ghana y Zambia vieron cómo se recortaban las inversiones en salud y educación durante las reformas de la década de 1990. Hasta el día de hoy, los países africanos tienden a gastar más en el pago de la deuda que en servicios sociales, lo que deja al 60% de la población del continente viviendo en países que gastan más en el pago de la deuda que en educación y salud.
La investigación de Erin Graham muestra cómo el financiamiento condicionado ha transformado a las organizaciones internacionales. Para 2012 los recursos con fines específicos, es decir, aquellos proporcionados solo para fines particulares elegidos por los donantes, representaban el 30% de las contribuciones a todas las organizaciones multilaterales, llegando al 70% en el caso de las agencias de la ONU. Los donantes optaron por dirigir los fondos a proyectos alineados con sus intereses, no con las prioridades mundiales o, necesariamente, locales. Esto transforma al multilateralismo de igualitario a contractual y fragmentado: la transformación de la ONU en un sistema de contratos bilaterales debilita su capacidad para representar los intereses del Sur Global.
El camino a seguir: 2026 es el campo de batalla
La FfD4 en Sevilla podría haberse utilizado para avanzar en mecanismos de gestión de la deuda más equitativos. En su lugar, los países desarrollados bloquearon estas propuestas en debates a puerta cerrada. Dicho esto, es importante señalar que la Convención Marco sobre la Cooperación Tributaria Internacional aún está en discusión y que los esfuerzos conjuntos de los Estados del Sur Global y la sociedad civil mundial lograron asegurar la creación de la plataforma de prestatarios. Este cambio hacia un sistema centrado en la ONU podría abrir espacio para diálogos largamente necesarios, como los relativos a la auditoría y la cancelación de la deuda.
Iniciativas como el BRICS y el Nuevo Banco de Desarrollo representan esfuerzos para crear centros de poder que desafíen el dominio del Norte Global sobre los sistemas existentes, aunque todavía dependen de los recursos monetarios del Norte y presentan deficiencias. El Fondo Amazonía y el Fondo Verde del Clima enfrentan limitaciones similares. La tarea no es abandonar estos mecanismos, sino transformar la estructura de gobernanza que los contiene.
Mientras nos enfrentamos a importantes movimientos imperialistas impulsados por el neoliberalismo – desde Venezuela y Cuba hasta Gaza y el proyecto de la Junta de Paz del presidente estadounidense Donald Trump (véase el Observador de Primavera de 2026) – tenemos los motivos, tenemos los aliados y tenemos las herramientas: las alternativas no capitalistas están en todas partes. Esperemos que no nos falte la voluntad de actuar.

